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Los descubrimientos arqueológicos de un psicoanalista

No se trata de una metáfora, como la que empleaba Freud al tratar de darnos una idea de cómo trabaja el psicoanalista: como un arqueólogo que se adentra en la profundidad del terreno y descubre los distintos estratos de una historia pasada pero no perdida. No, no nos referimos a la célebre analogía, sino a un dato de realidad: nuestro compañero José Luis Lledó ha participado, de forma preeminente, en el descubrimiento de una villa romana que ha sido catalogada por algunos como de una importancia excepcional. El libro que ha publicado José Luis nos permite seguir todo el proceso de descubrimiento a la vez que nos ofrece, generosamente, aspectos biográficos que nos adentran aún más en dicho proceso. Como si de un tratamiento psicoanalítico se tratara, participamos de la emoción de un descubrimiento que progresivamente se ensancha, a la vez que las vicisitudes administrativas, nos deparan una suerte de relación transferencial que vivifica, aún más, todo el proceso de descubrimiento.

El resumen, junto a las impresionantes imágenes que adjuntamos espero que sean suficientes para animarnos a visitar dichas ruinas de la mano de su descubridor y en la fecha que se nos determine. Hasta entonces, sería conveniente conocer las personas que estén interesadas, para lo cual enviar vuestro nombre a la secretaría del Centro.

R. Aguillaume

 

“MOSAICOS EN LA ALDEA DE NOHEDA”.

Autor de texto y fotografías: José Luis Lledó Sandoval.

El hecho de que el título incluya la palabra mosaicos, para nada implica que esta sea una publicación más o menos profesional del tema, ya que el autor es médico especialista en psiquiatría que ejerce la psicoterapia desde una orientación psicoanalítica y profesionalmente está muy alejado, por tanto, del campo de la arqueología. El atrevimiento para escribir el texto le viene al autor de la información adquirida a través de su afición, nacida y fomentada por su continua presencia en todas las campañas de excavación llevadas a cabo en el yacimiento arqueológico de Noheda (Cuenca), pero en ningún caso de su formación. El texto no aspira, por tanto, a nada que no se derive de la naturaleza puramente observacional de la información, y desde ese lugar desea expresar el autor su reconocimiento y gratitud a todos cuantos han colaborado en cualquier modo y manera a proporcionarle esa información, así como a quienes han trabajado en el beneficio y cuidado del yacimiento arqueológico de Noheda y de su mosaico, en cualquiera de los niveles de promoción, conservación, y excavación del mismo, de forma especial a los directores Dimas Fernández-Galiano, Jorge Vega, Isabel Puche, Aldo Petri y Miguel Angel Valero, así como a los restauradores Oliva Aceda y Xoan Moreno.

La aldea de Noheda (Cuenca)

  La aldea de Noheda es un pequeño enclave situado en la comarca de la Alcarria, pero con algunas características propias de la Sierra - que se encuentra muy cercana - por lo que podemos decir que se encuentra colocada un poco a caballo entre las dos, aunque geográfica y administrativamente pertenezca de lleno a la comarca de la Alcarria. Está situada a orillas de la carretera nacional N-320,  a unos 18 Kms. de Cuenca en dirección a Guadalajara, tiene la categoría de pedanía y pertenece al término municipal de Villar de Domingo García, en la provincia de Cuenca, su altitud es de unos 1.000 mts. sobre el nivel del mar.

La heredad de Noheda perteneció a la Mesa Capitular del Cabildo Catedralicio de Cuenca, según figura en un documento del Archivo Histórico Provincial  que lo describe así: “Teniendo la Mesa Capitular un territorio por donación de los Sres. Reyes Conquistadores de este País, a dos leguas de distancia de esta ciudad llamado Nueda en el que solo se allavan nueve vecinos todos labradores, y renteros de aquella heredad, que pertenece al Cabildo”. Los  reyes que hicieron la donación fueron D. Alonso el nono y Don Enrique  I, siendo la donación de éste último correspondiente a la mitad de la heredad de Noheda y librada en el año 1215. Dicha Mesa Capitular disfrutó la heredad de Noheda hasta el año 1865 fecha en que pasa a manos particulares, con la Desamortización de Madoz.

En los documentos  depositados en el Archivo Histórico Provincial de Cuenca relativos a Noheda que datan entre 1466 y 1821  figuran varios pleitos relativos a pagos de pechos (rentas) y derramas, derechos de vereda, etc., así como licencias, gastos, y autos de visita. En uno de ellos, celebrado en 1637, se pretende conocer “el estado que tiene su iglesia y con el hornato y beneración que es serbida y si necesita de algunos repasos en los ornamentos que tiene...”, también se quiere saber “si el vicario es puntual en administrar los sacramentos y adoctrinar a los fieles”, así como “visitar la pila de bautismo para ver si está limpia”. La iglesia, que se dice es de la advocación de la Asunción de  nuestra señora, contiene en su sacristía una serie de ornamentos, que se especifican meticulosamente en el relato de la visita, así como los nombres de los renteros, que figuran en número de nueve.

Como consecuencia de la titularidad eclesiástica, según afirma Braulio Marcos Huerta en su “Nomenclator de pueblos que han pertenecido a la provincia y obispado de Cuenca”, “su iglesia era rica en imágenes bellísimas de talla, en cuadros, y sobre todo en preciosos ornamentos antiguos de terciopelos, damascos, rasos, bordados y encajes, de los cuales no ha quedado ninguno, pues todos fueron destrozados y luego quemados, así como dos hermosas alfombras, fabricadas en Cuenca, y el órgano. Entre los valiosos objetos de plata que se perdieron, además de 1 custodia, 1 copón, 2 cálices, crismeras y cruz parroquial, se encontraba un incensario y naveta con el escudo del cáliz y de la estrella de Cuenca. Todo esto perdido en la guerra de 1936. Esta aldea pertenece y ha pertenecido siempre a la provincia y diócesis de Cuenca”.

En el s. XVI, según el Censo Real de Castilla, Noheda figura como Aldea de la Tierra de Cuenca, con una población de 10 vecinos, de los cuales, 7 son pecheros (renteros), 2 son hidalgos y 1 es clérigo. En el Censo de Floridablanca, elaborado en 1787, la población que se le asigna es de 71 habitantes, de los cuales  sólo de uno – cura - menciona la profesión. En 1894 figura como anejo de Sacedoncillo con 104 habitantes de los que saben leer 18, leer y escribir 79. En 1910 Sacedoncillo tenía una población de 154 personas, 71 varones y 83 hembras. Después continuó perteneciendo a Sacedoncillo, hoy en día despoblado, y en los últimos años al municipio de Villar de Domingo García, del cual es una pedanía, que en el censo de 1991 cuenta con una población de 12 personas. En la actualidad está habitada por un total de 21 personas de las cuales 10 son varones y 11 son mujeres.

Teniendo en cuenta los seiscientos años en que la aldea de Noheda fue propiedad de la Mesa Capitular del Cabildo de Cuenca, no nos debe de extrañar que su edificio más notable  sea la iglesia que, como ya mencioné anteriormente, está dedicada a la advocación de la Asunción de Nuestra Señora. En el “Catálogo Monumental de la diócesis de Cuenca” se la describe como: “Iglesia de dimensiones reducidas, muros de cal y canto, espadaña de sillería muy apuntada con dos huecos para las campanas y sobre dos tramos del muro hastial. Magnífica portada bajo alfiz o cornisa de gola. En la dovela de la clave y en relieve, escudo de D. Gonzalo González de Cañamares, dentro de rodete de mirto. La puerta de la época, arco de medio punto con baquetón y junquillo como archivoltas; a la altura de los capiteles, adorno de flor de lis, atadas las hojas por cordón entre anillos de moldura, en el baquetón; en el junquillo, capullo de flor de lis sin abrir. El interior tiene cubierta plana, un arco triunfal divide el cabecero de la nave y se cubre con bóveda de pañuelo”.

Iglesia de Noheda (Cuenca)  

Portada de la iglesia


Respecto a los ornamentos se dice que son abundantes, pero nada notable, apuntando entre ellos una tira de tejido similar al cañamazo, con dibujo de flor de lis atada y en serie, que se encuentra en el depósito diocesano. En la orfebrería figura un cáliz de plata lisa y una Cruz de cobre del siglo XV que se  encuentra en el Museo Diocesano. La pila bautismal la describe como de gallones sobre pedestal cuadrado y cenefa de doble cerco de moldura.

El citado D. Gonzalo González de Cañamares cuyo escudo figura en la dovela de la clave parece ser que fue un canónigo que ocupó a finales del siglo XV una de las casas de Cuenca, hoy conocidas como Casas Colgadas, que era de su propiedad, como lo testifica el escudo que se encuentra en el interior de la misma y que se puede observar actualmente en la parte dedicada a oficinas del Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Una de esas Casas Colgadas era conocida con el nombre de "Casa del Rey" por haberle servido de hospedaje a un personaje Real durante su estancia en Cuenca, aunque parece ser que la verdadera residencia Real fue la Casa de Curato, actual sede del Museo de Cuenca, o alguno de los edificios que formaban parte de un conjunto residencial para el recogimiento que allí se había instalado. Su primer dueño, o uno de los primeros, fue don Gonzalo González de Cañamares, canónigo de Cuenca, al cual el cabildo otorgó licencia para ir a Roma a ganar el jubileo el 25 de septiembre de 1500, también conocemos que pasó por Salamanca donde fundó el Colegio de Santa María de Todos los Santos y el Colegio de Monte Oliuete, en el que el bachiller Cañamares admitió y recomendó por sus dotes a D. Miguel Muñoz, natural de Poyatos, que con el tiempo llegaría a ser el 37º Obispo de Cuenca. El canónigo González de Cañamares  murió siendo obispo de Albarracín. En las casas Colgadas estuvo el Ayuntamiento de la ciudad de Cuenca desde finales del siglo XV hasta el año 1762 en que se trasladó su ubicación a la que ocupa actualmente en la Plaza Mayor.

Los indicios de restos romanos

Desde casi siempre se ha escuchado hablar de que en la zona de Noheda existían restos romanos, pero sólo se había informado, en los años cincuenta del siglo pasado, de la existencia de tumbas expoliadas en lo que parecía una necrópolis a la que se consideraba de la época romana y algunos restos sueltos de cerámica, pequeños trozos de esculturas, algunas monedas, municiones para honda, y pesas utilizadas en telares, todo ello sin concretar y sin datar. Es en los años ochenta de ese mismo siglo cuando, en el curso de unas maniobras para la construcción de unos encañaos en una tierra de labor, se descubre un paño de mosaico. Circunstancias de distinta índole que concurrían en aquella época y que no hacen al caso, aconsejaban que el mosaico se mantuviese bien tapado y protegido por la tierra que lo cubría, a la espera de circunstancias más favorables. Sí que se arbitraron entonces las necesarias medidas para la protección del mosaico, como fueron la suspensión inmediata de la construcción de los encañaos, así como el cese de las labores agrícolas en esa parcela, razón por la que se empezó a conocer en la zona a la parcela con el nombre de “el perdío”. No es infrecuente que primen criterios de productividad y rentabilidad cuando aparecen este tipo de descubrimientos, pero afortunadamente no fue así en este caso.

En la fotografía adjunta que pertenece a la parte geométrica del mosaico de Noheda, se pueden contemplar con claridad los daños producidos en el mismo por las rejas del arado, y no nos resultaría demasiado complicado inferir cual podría ser el estado actual del mosaico, en el caso de que se hubiese continuado cultivando el terreno a lo largo de los últimos veinte años. No debemos de olvidar que la potencia de los tractores actuales, así como el tamaño, peso y solidez de los aperos, permiten remover la tierra a una profundidad mucho más grande que la conseguida entonces. La fotografía corresponde a la cuadrícula E-3, pero en otras también aparecen con bastante claridad daños atribuibles al normal cultivo de la tierra, hasta el punto de que podríamos decir que en lo descubierto hasta ahora los mayores daños son debidos a ese motivo, especialmente en la zona sur de la excavación, en la que el mosaico aparece a ras con la superficie de la tierra.

Sin embargo los daños derivados del uso del arado, que indudablemente se impidieron al dejar de labrar, crearon un peligro no menos dañino, pues con el transcurrir del tiempo, al permanecer sin cultivar la parcela, empezaron a proliferar en ella diferentes especies arbóreas: carrascas, enebros, etc., la mayor parte de ellas con la intención de transformarse - con el tiempo - en árboles de gran porte. Sus penetrantes raíces buscando infatigablemente sustancias con las que nutrir su existencia, que en un principio son sólo unos inofensivos filamentos, cuando van adquiriendo cierto grosor, alcanzan también un gran poder destructivo que afecta tanto a mosaicos, como a las estructuras.

En el año 2004 el Dr. José Luis Lledó Sandoval, propietario de algunas tierras en la aldea de Noheda, compró una parcela agrícola que lindaba con las suyas, en las que se tenía noticia de la existencia de algunos restos de la época romana. Tras ponerse en contacto con técnicos arqueólogos y autoridades locales, autonómicas y nacionales, consiguió que se emprendiese una primera campaña de excavación en el invierno del año 2005 en la que se descubrieron unos 60 m2 de mosaico romano en el que se podían diferenciar con claridad tres partes:

Vista del mosaico descubierto en la primera campaña de excavación.