Aunque ‘Dogville' se estrenó en 2003, la temática que aborda siempre es actual y recientemente hemos podido tener la oportunidad de volver a verla en su versión íntegra. Como todas las grandes creaciones, la película ofrece muchas vertientes, pero a mí me interesa resaltar ahora la del maltrato.
‘ Dogville' cuenta la dramática transformación de Grace (Nicole Kidman), hermosa fugitiva que huye de un padre gángster y poco edificante, descalificado por la hija por su amoralidad y maldad social. En la huida llega a Dogville, un pequeño e insignificante pueblo de las montañas que decide acogerla y esconderla de su malvado perseguidor a cambio de una serie de, en principio, razonables servicios.
El escenario que prepara Lars von Trier no puede ser más austero. El pueblo, dibujado con tiza en el suelo, en blanco y negro. La película, teatralizada, con los decorados justos para mostrar a los personajes más al desnudo, sin artificios, para no entretener al espectador con ropajes innecesarios, para reconcentrarle en las emociones de la trama. Todo despojado de lo accesorio, al estilo de B. Brecht, sin un solo capricho.
Ante los ojos de Grace –y del espectador-, el pueblo aparece como una arcadia rural, y sus bondadosos habitantes, almas sencillas y honestas que amparan a la indefensa protagonista. Tom es la otra gran figura de la película, escritor estéril, aspirante a filósofo con una imagen grandiosa de sí mismo que lidera, desde su cultivado espíritu, las decisiones que el pueblo ha de ir tomando acerca del destino de Grace.
La mezquindad y el egoísmo de los habitantes del pueblo provocará, sin embrago, que los comedidos servicios que demandaban a Grace a cambio de proporcionarle refugio, se transformen en exigencias desmedidas, en una explotación de su persona que acaba en pura esclavitud.
Pero el amor incondicional al prójimo y la inagotable capacidad de comprensión de nuestra protagonista supera siempre el odio de los otros. Es explotada, maltratada, humillada y hasta violada, siendo finalmente encadenada por el cuello –como un animal- a una rueda por los habitantes de este pueblo, convertidos ya en perros. Pero Grace, llena eres de gracia, sufre conmovedoramente como penitencia el sadismo de los otros, como ‘la buena mujer', bendita tú eres entre todas las mujeres, que expía con su dolor los pecados ajenos. Tiene una bella alma que perdona y justifica incansablemente, ruega por nosotros, pecadores, cualquier acto o injuria por aberrante que sea. Su arrogancia, disfrazada de pureza e inocencia idealizadas bajo un manto virginal de omnipotencia, le dota de una superioridad moral que le impide bajar al fondo de reptiles y odiar a quien le odia, exculpándolo de sus abusos por no considerarle culpable, sino víctima; víctima de su propia condición humana.
Grace es una nueva figura mesiánica que llega a una sociedad en miniatura, a un pueblo que debería representar el ideal rousseauniano de bondad natural, pero que en realidad muestra otra cara bien distinta.
Cuando más claustrofóbica es ya la atmósfera que se respira en esta alegoría social que deja al descubierto los aspectos más sórdidos y miserables de las relaciones humanas, llega el padre, cuya capacidad para odiar salvará a la hija, rescatándola de su virtuoso masoquismo moral y de lo que ya apunta en escena como su sacrificio final.
Los gángsters, como todo el mundo sabe, aman incondicionalmente a los suyos, pero están convencidos al mismo tiempo de que el género humano no merece piedad alguna.
El padre somete a examen a la hija para comprobar que ha aprendido la lección.
“ ¿Sigues creyendo en ellos?”, le pregunta.
Y le da un tiempo para responder y tomar una decisión, ahora acerca del destino de sus verdugos.
Grace ya se ha transformado y dicta sentencia.
“ Mátalos a todos”
Ahora y en la hora de nuestra muerte
“ Aprendes rápido”, responde el padre.
Y arrasa el pueblo.
Amén |