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Imaginario social del CPM
El pensamiento mudo de los peces

Feria del libro de Madrid


Sábado 14 de junio, de 12 a 14. Lola López Mondéjar firmará El pensamiento mudo de los peces, caseta número 210 (Editorial Páginas de Espuma).
 

El día 13 de marzo, jueves, a las 19.30 horas en la Sala Ramón Gómez de la Serna del Círculo de Bellas Artes se presentó el libro El pensamiento mudo de los peces de Lola López Mondéjar.


Ed. Páginas de Espuma, Voces / Literatura  
Núm. 95, 2008, 
ISBN 978-84-8393-004-5

Con vocación innata de narradora, este espléndido libro muestra la calidad de Lola López Mondéjar.
Un libro que viene avalado por su brillante trayectoria y que nos muestra a una escritora en estado puro, sin concesiones...
Literatura que dará que pensar... o nos dejará mudos...
"En silencio, sin aspavientos, los cuentos de Lola López Mondéjar habitan la llamada 'vida normal' y descubren el espacio letal de lo no dicho que dirige nuestras acciones más profundas. Si tuviera que definir su prosa diría que es límpida, directa, visual, incómoda y atractiva a la vez"
Clara Obligado; "Lola López Mondéjar explora en sus cuentos las zonas más inquietantes de la vida cotidiana"
Félix Romeo.

El pensamiento mudo de los peces (reseña)
ó LOS ABISMOS DE LA COTIDIANIDAD


Presentación del libro de Lola López Mondéjar por Vicente Cervera Salinas.

Lola López Mondéjar -no es un secreto o al menos es un secreto a voces- nació con la “bossa nova”, es decir, en un páramo político de bastante sequía cultural donde irrumpía con vigor la salvación por la alegría de la música, uno de los pocos placeres que podían permitirse los españoles en una época que todavía tenía bastante del “tiempo de silencio” que tan agudamente retrató Luis Martín Santos.
La música ha estado especialmente vinculada a su vida, y en el caso de la “bossa nova” conviene recordar que su esencia no sólo remite al sentimiento festivo y lúdico, sino que también está impregnada de un halo remoto y lascivo de melancolía, de carácter dulce y grave, pero no por ello menos acusado. Y son precisamente esos aspectos, la ley del silencio y la acendrada melancolía que se adhiere a las capas más profundas del placer, los que impregnan la cualidad emocional y buena parte de los argumentos de sus cuentos.
La motivación interna de esta compilación sería la de verbalizar rincones íntimos de la persona que han sido bloqueados por un tipo de pensamiento que se gesta en las regiones más hondas de la psique y que permanece allí, habitando en las capas donde brilla la oscuridad y se procrean esas raras especies de peces llamados abisales, los únicos que son capaces de sobrevivir en niveles de hasta 2000 metros de profundidad. Como ellos, circulan intuiciones, dudas, miedos, ansiedades, confusiones, temores y pulsiones en nuestro espíritu que no han hallado la voz que los haga visibles y que no los desvirtúe en la prosa de nuestra comunicación. Mas también, como ellos, nuestros pensamientos mudos perduran y se alimentan de nuevas sensaciones, de nuevos miedos acumulados y de experiencias que les suministran la materia de su pervivencia. Van tornándose así progresivamente más siniestros y monstruosos, pues el tiempo no les concede nunca el beneficio de la luz y están condenados a poblar nuestros sueños y nuestras fobias, sin que la incomodidad que nos produce su existencia nos libere de su condición de inquilinos y de nuestra situación de molestos anfitriones. Pues al cabo, no son algo extraño a nuestro ser, sino la parte que ha quedado anclada y sumergida en el cementerio marino de nuestra conciencia.
En ocasiones, sin embargo, nos decidimos a arrostrarlos y a pesar de descubrir en nuestra entraña un escondido mister Hyde, o un desfigurado Dorian Grey, nos sentimos con fuerzas para darles carta de presentación. Y es entonces, justamente, cuando descubrimos que esos monstruos del abismo oceánico no eran tan particulares o extraños, y que en alguna medida nuestros congéneres y contertulios también habían participado en su crianza y que hasta ellos mismos contenían en su seno especies raras, por lo que nos sentimos justificados a convertirlos en criaturas dignas de exhibición, y construimos acuarios fabulosos donde desfilan a su antojo y en los que, por un momento, dejan de ser seres silentes para tornarse criaturas dotadas de articulación lingüística.
Los cuentos de Lola López Mondéjar son en apariencia transparentes y sencillos, pero en ellos habita la especie abisal, y la autora se encara osadamente con sus más terribles criaturas para hacer del silencio, palabra. Sírvanos como ejemplo el que da título a la colección, sin duda uno de los mejores de la misma. A partir de una cita leída en una novela, un pensamiento altamente expresivo del alquimista Paracelso (“no seas otro si puedes ser tú mismo”), la protagonista vivirá una experiencia reveladora de su condición de mujer malograda y sumisa, que la conducirá a afrontar su vida con una nueva actitud, más libre y más resuelta, más expresiva también, menos tácita, menos callada. Y es que los silencios pueblan nuestras vidas y no siempre contienen el sello de la sabiduría o de la contemplación, sino que en muchas ocasiones revelan la torpeza, la incertidumbre, el sometimiento o la resignación. Contra todos estos fenómenos hostiles con la alegría que implica el desenvolvimiento de nuestra personalidad se elevan los relatos de López Mondéjar. No en vano, la protagonista de “El pensamiento mudo...” tiene el nombre de Piedad, y hasta que no comprende que la verdadera motivación piadosa ha de comenzar por ella misma, vivirá en el estado aletargado y retraído de la ostra. En el caso de “Matilde”, la protagonista del cuento homónimo, la imposibilidad de luchar contra las adversidades le llevará a una solución distinta, la de una resistencia pasiva y tenaz motivada por una resolución inexorable, dejándose al cabo morir rodeada de un solitario dolor que la autora no duda en calificar de “mudo”. Y callada será también la resolución vital de “Clara”, en el cuento así titulado, que partiendo de la premisa de evitar a toda costa los problemas, terminará con sensación de culpa por el accidente mortal de su hermano y con la impotencia de sentirse ajena a su propio cuerpo en el mecánico ritual de la cópula amorosa con su esposo, dominada sin remisión por la “fuerza de la costumbre”. Resignada, análogamente, se nos mostrará Miriam asintiendo tristemente a una cita periódica que no añade a su existencia sino tedio y desventura, en el cuento “Resignación”. Las palabras, sin embargo, no siempre son suficientes, sobre todo cuando no se atreven a afrontar más que la epidermis de una historia. En “Cumpleaños feliz” asistimos a la demorada ceremonia de un amor que nunca llega a fraguarse y que celebra una vez más las cenizas de su deseo, y en “Desconfianza” al voluntario aislamiento de una mujer que va perdiendo progresivamente su confianza en todos sus amigos y compañeros, refugiándose en la caverna de su desengaño, no más lúcida y salvadora por hallarse en el hermoso seno de la naturaleza. La coda del “cultivo del jardín” no tiene la funcionalidad misantrópica y burlona de Voltaire, sino que adensa al sujeto en el laberinto de su desilusión. Algo similar ocurre en “La tristeza del naranjo”, cuya protagonista opta por un viejo naranjo como único confidente en su soledad, y en quien creemos reconocer a la tierna y vetusta Felicitas de “Un corazón simple” de Flaubert.
Mas también debido a la misma causa, en otros casos nos hallamos con figuras que deciden desgarrarse en un violento grito que al menos otorgue voz, si no concepto, a esa inveterada condición silente, que guardamos en los recovecos de nuestra memoria y dibujan el signo de nuestra personalidad. Así sucede en “Mar”, la mujer que traspasará en un salvaje aullido el dolor de una experiencia pretérita que mantuvo en las honduras de su psique y que ahora verá aflorar de manera imperiosa y turbulenta. La narradora de “Pensamiento de amor” y su apócrifo poeta amigo, Antonio Durán, compartían asimismo la excéntrica afición por el alarido como catarsis purgativa, emitiendo unos gritos tan sinceros, dice la narradora, “como jamás he visto hacerlo a nadie”, “como si estuviese solo y sólo pudiesen oírle los pájaros que salieron despavoridos de entre las ramas de los árboles”. De manera lúdico-imaginativa habría que interpretar, a esta misma luz, un cuento como “Sylvie”, que tendrá justamente a una imperiosa e involuntaria voz como motivo central de una trama de corte fantástico en la línea de Julio Cortázar, sin duda uno de los cuentistas preferidos por Lola López Mondéjar. La soltura, la desconcertante aceptación de realidades imposibles, las resoluciones tajantes y los inesperados giros en el argumento son herencias del escritor argentino que exhibe con acierto la autora en este relato, donde también hace gala de sus aficiones musicales con el pretexto de la irresistible voz de Sylvie, llevándonos por distintas referencias vocales, desde Edith Piaf y la “Malena” de Homero Manzi hasta la “Norma” y “Madame Butterfly”. En el relato “Lluvia”, por fin, será el fenómeno meteorológico el encargado de producir una descarga emocional a modo de un gran grito de satisfacción plena y colmada, que remite no sólo a ese “arte de la lluvia” de la que nos hablaba Pablo Neruda y que siempre presidía los cuentos y novelas de García Márquez, sino que también invita a una lectura donde el cuerpo expresa su deseo arcano de recibir la bebida que satisfaga su sed física y su pulsión sexual.
Las emociones que recorren estos cuentos se asoman a las zonas más conflictivas de nuestra estructura mental. No en vano López Mondéjar ha dedicado buena parte de su vida al estudio del psicoanálisis y a la práctica clínica y terapéutica, por lo cual se enfrenta sin cortapisas ante situaciones dominadas por sentimientos de envergadura afectiva como la envidia en el trabajo o en el mismo seno de la pareja, la decepción ante expectativas demasiado elevadas, el remordimiento y el desdén, la pasión soterrada y casi podrida, la libido impetuosa y hostigante, la tiranía en los afectos, la insatisfacción en la vida espiritual, el descontento hosco y permanente, el recelo ante lo extraño y poco familiar, los soles negros de la melancolía, el arrebato o la impostura. Dejo así para el final la alusión al cuento que, a mi modo de ver, revela un grado más complejo de concepción y un manejo más diestro en la técnica compositivo de lo que debe ser un relato. Me refiero a “Ley de costas”, fábula moral donde la voluntad egoísta desplaza todo escrúpulo ético, llegando hasta el crimen para alejar el fantasma que amenaza secuestrar una felicidad largamente fraguada en las cavernas del deseo material y que, a modo de incómodo huésped permanente, se instala en nuestro espacio imaginario y real sin que ninguna ley nos permita desterrarlo. El cuento avanza firme en su recorrido y cumple el mandamiento que Horacio Quiroga rezaba en su decálogo o manual del perfecto cuentista, según el cual se debe contar “como si el relato no tuviese interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento”. En este caso, la vida va de mano de la muerte. El concepto freudiano de lo “siniestro” se cuela de rondón en una existencia apacible, donde el discreto encanto de la burguesía ha dejado sucumbir viejos ideales sociales, y allí toma asiento para desesperación del acomodo en lo familiar. El hecho de que la autora haya escogido al personaje masculino como narrador parece ya un acierto, porque marca una distancia muy oportuna en relación al gran personaje activo del texto, que será en esta ocasión la mujer, encargada al fin de hallar una solución definitiva para retornar al statu quo de la plena satisfacción, donde nada parece haber sucedido. A través de este centro de conciencia recorremos de manera condensada los episodios de una especie de usurpación pasiva del territorio que claramente evoca el famoso cuento de Julio Cortázar, “Casa tomada”, uno de los más logrados testimonios de la fantasía como incorporación de lo extraño en el seno de lo habitual y cercano, donde funda su ley de permanencia. Pero en este caso no serán desplazados los propios dueños de esa casa tomada por unos ruidos imposibles de identificar, sino que, a modo de vuelta de tuerca sobre Cortázar, alguien se encargará de la desaparición del agente externo, desasosegante y maldito, por medio de una acción en apariencia imposible, pero rotunda y expeditiva. Tanto más cuando la ejecución de lo terrible tendrá como fondo musical, paradoja que revela un gran ingenio, la audición de una “Pasión según san Mateo” de Bach, convertida en ceremonial desacralizado de un nuevo sacrificio, en beneficio ahora de la prolongación del “estado de bienestar”.
Con este nuevo libro se adentra Lola López Mondéjar en un género en verdad difícil, a pesar de su aparente ligereza y liviandad. El cuento precisa de una mano donde el temblor no distraiga de la pureza de su argumento, y donde la calidad poética que exprime la esencia de las fábulas no desvirtúe la intensidad y la pulcritud de esa flecha que, si queremos que se clave en el blanco, no ha de distraerse con elementos que hagan perder la dirección original. Alguien que conoce, como López Mondéjar, el sustrato complejo de nuestros actos, tenía que llegar al cuento para enfrentarse con el reto de verbalizar y darle forma artística al pensamiento mudo, al abismo de la cotidianidad.

 
 
 
 
ISSN. 1989 - 3566

Editorial.
Pilar de Miguel.

La Histeria, fundadora del Psicoanálisis.
Javier Ramos García.

 
Seminario mensual CPM

Reunión Mensual del C.P.M con la discusión del siguiente trabajo:

EL PSICOANALISTA TRATANDO A UN PACIENTE GRAVE
Carlos D. Nemirovsky
Psicoanálisis. Revista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires. Vol. XXXI Nº 1, 2009

Presentacion de Rómulo Aguillaume Torres.

2 de Octubre de 2010.
12:30 horas.
Madrid C/ Mejía Lequerica, nº 18 2º A.

 
 
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