Los síntomas hablan, las piedras también

Dr. José Luis Lledó Sandoval.
XXI Congreso CPM. Cuenca 6-7 octubre 2017

 

Cuando tenía unos diez o doce años estuve acompañando a mi padre a lo largo de horas, días, meses, y yo creo que incluso años en una tarea en la que se había embarcado y que consistía en forestar unos terrenos completamente improductivos cuya base era puro yeso. Provistos de una azadilla cavábamos un pequeño hoyo en el que depositábamos un piñón, tapábamos el agujero con tierra, dábamos cuatro pasos y repetíamos de nuevo la operación. Así sucesivamente. Si la semilla no germinaba  había que repetir todo el proceso en una operación conocida como reposición de marras. Yo no entendía muy bien esa dedicación a algo que exigía tanto trabajo y que parecía dar tan pocos resultados o los resultados llegarían a muy largo plazo, pero me conseguí mantener hasta el final de la tarea, aunque no sé muy bien por qué.

Cuando contemplo hoy esas tierras por entonces completamente yermas, ahora transformadas en frondosos pinares, me invade una gran alegría y satisfacción, porque conozco muy bien la cantidad de tiempo y las dificultades que esas especies arbóreas han debido de enfrentar hasta que han llegado a alcanzar ese grado de desarrollo. Algo parecido sucede con el objeto de nuestro trabajo, el desarrollo humano, que está sujeto a numerosas variables sobre alguna de las cuales nos es dado intervenir y dependiendo de que lo hagamos acertadamente, o no, podemos influir ya sea positiva o negativamente en el mismo.

Viene esto a cuento sobre lo importante que es la perspectiva con que miramos las cosas y cómo, dependiendo de ella, varía la valoración que hagamos de las mismas. Entiendo que mi perspectiva actual desde el ocaso de la vida no es la misma que se puede tener, o que yo mismo tuve, desde el amanecer o el mediodía de la vida, pero, aún teniendo eso en cuenta, creo que los tiempos que vivimos nos están condicionando demasiado por la prisa y la inmediatez que imprimen, lo que nos induce en demasiadas ocasiones a preferir creer en la apariencia de los hechos antes que a descubrir la realidad de los mismos. Y esto no es ninguna broma cuando estamos hablando de la construcción de las personas y del desarrollo de sus respectivas personalidades.

Los que hemos trabajado en salud mental y los que os seguís dedicando a ello sabemos que una de las múltiples tareas que debe de ir aprendiendo el niño con su crecimiento, es la de ir prestando atención a ciertos estímulos que no están ligados a una gratificación inmediata, estímulos que no reclaman su atención por estar más quietos, ser menos brillantes o menos coloridos que otros, pero que con el tiempo pueden acarrearle toda una serie de beneficios y satisfacciones. Sabemos también que esa no es una fácil tarea.

Desde los años ochenta sabemos con certeza que permanecer demasiado tiempo frente al televisor produce personas con menos paciencia y capacidad de autocontrol, así como mayores tasas de fracaso escolar. Lo mismo sucede con los dispositivos móviles que al igual que la televisión, amenazan con colonizar el cerebro en desarrollo de nuestros hijos, a pesar de que nosotros se los ofrecemos para que se entretengan y no nos molesten, en lugar de favorecer su desarrollo psíquico con estímulos bastante más convenientes.

El exceso en el uso de los por otra parte muy útiles avances tecnológicos, hace que nuestra sociedad esté compuesta en buena medida por unos seres en los que su principal ocupación es exhibirse en las redes sociales, muy probablemente como una forma de intentar satisfacer un narcisismo patológico, rasgo tan característico de nuestro tiempo. Así, aunque aparezca revestido de emocionalidad y sentimientos, la realidad es que el substrato psíquico sobre el que se asientan estas personas es muy poco sólido, fruto de un narcisismo patológico, en el que todo es efímero, aparente y fugaz, a diferencia de aquellas otras personas en las que un narcisismo trófico, nutriente, es el que alimenta el desarrollo de su personalidad.

El resultado de ello es que estamos criando personas menos pacientes, con menos capacidad de esfuerzo y menor capacidad de atención que, en parte, son el reflejo de una generación de padres que están dando escaso valor al hecho de hacer las cosas con el tiempo que requieran, lo cual en muchas ocasiones es despacio y poco a poco. Aquel despacito y buena letra que todavía nuestra generación escuchó como lema para hacer las cosas bien, cada día se muestra más lejano y la moda del fast food no es algo que atañe sólo a la forma  de comer, sino a la forma de vivir en general, en la que se van imponiendo cada vez ritmos más vertiginosos.

Dice el escritor Cees Nooteboom en su libro Los zorros vienen de noche: “Nuestras funciones cerebrales se han desarrollado de un modo tan extraordinario que hemos llegado a saber todo acerca de lo que ignoramos” y, si bien es cierto que nuestras funciones cerebrales han avanzado muchísimo y nuestros conocimientos han crecido de forma exponencial, permanece la amenaza de creer que sabemos cosas que realmente ignoramos con todo el peligro que eso conlleva.

Tácito, historiador romano que está de actualidad por el magnífico análisis que hizo sobre la corrupción, análisis que resulta válido en nuestros días, ya advertía sobre esto cuando decía “la verdad se robustece con la investigación y la dilación; la falsedad con el apresuramiento y la incertidumbre ” aseveración que todavía resulta válida, especialmente en los campos del psicoanálisis y de la arqueología de los que me voy a ocupar el día de hoy.

Un aspecto fundamental del psicoanálisis por el que en buena medida decidí formarme  y trabajar en ese campo, es la búsqueda de la verdad que el procedimiento entraña y por el que  puede llegar a ser un arma muy peligrosa, ya que como decía George Orwell “en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario”.

Cuando Freud decide aceptar la invitación a pronunciar una serie de conferencias en la Universidad Clark de Worcester, Massachusetts, comunica al pastor Oscar Pfister su impresión frente a esa experiencia, escribiéndole: “Me siento como Colón”. Era el año 1909 cuando hizo la travesía en el buque George Washington en compañía de Jung y Ferenczi  y cuando el buque estaba próximo a atracar y ya se divisaba el Skyline de Manhattan, acercándose al oído de Jung, le dice Freud en voz muy queda: “Ellos no saben que les estamos trayendo la peste”.

Cuando, a la manera de un nuevo Colón, Freud cruza el Atlántico con una misión que él mismo juzga como el inicio de una cierta contaminación planetaria con el psicoanálisis, muchos han entendido que lo hacía para referirse a la transmisión del ántrax de lo edípico, pero yo pienso que se refería más a esa búsqueda de la verdad que es inherente al método analítico. En éste sentido, el psicoanálisis si no se lo deja huérfano de su importante componente social, es verdad que posee un cierto componente revolucionario, aunque para nada tenga esa intención.

Nelson Rodrígues es muy gráfico cuando expresa las resistencias que ese proceso de búsqueda de la verdad suscita a nivel personal: “todo individuo –dice- esconde cosas que no confiesa, ni al sacerdote, ni al psicoanalista, ni incluso al médium después de muerto”. Aunque, a decir verdad, la inconveniencia de decirlo todo, no se refiere siempre a la naturaleza secreta o engañosa de los contenidos, sino también a la necesidad de sentirse uno mismo a través de saber cosas de ti que los demás no conocen.

Llegué al psicoanálisis y me formé en esa materia por una experiencia que viví durante mi quinto curso de carrera en la Facultad de Medicina. Yo iba para obstetra y mi mejor amigo y compañero, que no tenía claro en lo que se iba a especializar, pero estaba tanteando la Psiquiatría, me informó de que iban a empezar unos grupos de terapia y teatro, y me pidió que lo acompañase. Le dije que sí.

Allí empecé a oír hablar de un tal Moreno, al que se hacían frecuentes referencias y del que se leían trozos de un texto que se titulaba Psicodrama. También  nos presentaron unos textos seleccionados de Freud y otros autores de los cuales debíamos de elegir uno para estudiarlo y luego presentarlo en una sesión. La otra actividad que teníamos en esas reuniones transcurría sobre un escenario en el que ensayábamos distintas escenas y roles diferentes.

Cuando llegó el momento en que habíamos desarrollado una cierta experiencia y logrado alguna soltura con el manejo de las escenas, empezaron a llevarnos allí a unos pacientes que se ponían sobre el escenario y nosotros, los actores terapéuticos, debíamos de intentar ayudarles en la resolución de sus problemas, pues estábamos haciendo psicodrama, una forma de psicoterapia ideada por el rumano Jacob L. Moreno, que venía inspirada en el teatro de improvisación y se llevaba a cabo a través del grupo terapéutico.

Pasaron por el escenario sucesivos pacientes y yo vivía aquello como entretenido y curioso, pero sin que me produjera una especial impresión, hasta que llegó un día en que acudió para su estudio una paciente de unos treinta y tantos años que estaba ingresada en el servicio de Dermatología. La paciente padecía unas lesiones dermatológicas con ampollas que se llenaban de líquido como si hubiese sufrido quemaduras y le brotaban por todo su cuerpo, pero especialmente en los brazos y manos. No estoy seguro de si estaba diagnosticada como una epidermólisis ampollosa, pero lo que a mí me impresionó, aparte de lo espectacular de sus lesiones, es que su aparición tenía lugar en relación a determinados acontecimientos que se presentaban en las escenas y que tenían que ver de forma especial con lo que sucedía en relación a la figura de su padre. La representación psicodramática de alguna de esas escenas significativas de la vida de la paciente, no hizo sino confirmar la estrecha relación entre esas escenas y sus lesiones de piel.

Yo ya sabía por entonces que los síntomas, y de forma especial su agrupación en síndromes, nos eran de una inestimable utilidad para el estudio de las enfermedades, pero fue en ese momento y lugar en el que empecé a vivenciar la importancia que los síntomas tienen para el estudio de las enfermedades y –sobretodo – para la comprensión de los enfermos. Fue mi descubrimiento de que los síntomas físicos hablaban y estaban inscritos en la historia personal de quien los padecía. El descubrimiento de ese hecho de la capacidad de locución de los síntomas, adquirido a través de un conocimiento vivencial, me fue llevando desde entonces a irme preparando para entender de la mejor manera posible el idioma con el que los síntomas trataban de comunicarse.

El ámbito imperante en la psiquiatría oficial, tanto en los conocimientos teóricos adquiridos a nivel de cátedra, como en la práctica asistencial,  me dejaban muy claro que no era ese el tipo de psiquiatría en el que quería formarme, así es que traté de informarme entonces de las posibilidades de formación en psicoanálisis y me recomendaron el Instituto-Clínica de Psicoterapia “Peña Retama”.

Peña Retama fue creada en el año 1962 como una comunidad terapéutica, la primera que se instauró en España cuando este era un país todavía muy poco luminoso intelectualmente, en el que resultaba bastante complicado apartarse del organicismo que imponía la psiquiatría académica. Conocí la institución en 1969 a la vez que me informaba sobre la Asociación  Española de Psicoterapia Analítica que fue creada con la finalidad de promover la enseñanza e investigación de la psicoterapia psicoanalítica sobre una base científica y clínica, pero también para llenar el vacío existente entre la Psiquiatría Académica y el Psicoanálisis Ortodoxo. Su boletín Oficial, la Revista Española de Psicoterapia Analítica, que se empezó a publicar en 1967 pretendía estimular a los psiquiatras españoles a un estudio más profundo y sistemático de la Psiquiatría Dinámica y de las técnicas de psicoterapia por medio de una libertad de pensamiento que era su seña de identidad. Esta última característica de la libertad de pensamiento resultó definitiva para decidirme a llevar a cabo en ese ámbito mi entrenamiento psicoanalítico que inicié el año 1971.

En el año 1975, impulsados por el Dr. Gállego y junto a otros compañeros fundamos el Centro Psicoanalítico de Madrid, institución que hoy celebra su XXI Congreso, cuyo santo y seña fundacional era dar continuidad a los presupuestos sobre los que se habían asentado la Clínica Peña Retama y la Asociación Española de Psicoterapia Analítica anteriormente mencionados, en los que la libertad de pensamiento tendría un lugar preferente. Desde entonces y hasta mi jubilación he estado estrechamente ligado al CPM, al principio más en dependencia de las enseñanzas del Dr. Gállego, maestro de todos nosotros y artífice fundamental del CPM, luego bebiendo de otras muchas y diferentes fuentes que han ido influyendo en mi manera de entender las formas en que nos hablan, tanto los síntomas, como otras manifestaciones de conducta o caracteriales de nuestros pacientes.

Empecé tratando principalmente a neuróticos con la base de una teoría sexual y un complejo de Edipo como conflicto y nudo principal para entender la dinámica de los mismos, avalada fundamentalmente por Freud y Fenichel,  pero no es menos cierto que desde bastante temprano en mi vida profesional me fui inclinando por la vertiente psicosocial del psicoanálisis que ponía el centro de su atención, no tanto en los conflictos, como en la estructura total del carácter. El psicoanálisis cultural, también llamado por entonces neoanálisis, estaba representado por Sullivan, Fromm y Horney entre otros y tuve la satisfacción de formarme y trabajar con varios discípulos directos de Erich Fromm (Landis, Silva, Aramoni, Maccoby, etc.) y con la propia hija de Karen Horney (Marian Eckart Horney que había sido analizada por Melanie Klein). El impacto de sus enseñanzas fue fundamental en los inicios, pero también más adelante, puesto que, como ya decía Cicerón, la cultura es el alimento del alma y alimenta nuestras neuronas con informaciones, saberes y conocimientos que a primera vista pueden resultar inapreciables, pero que son indispensables para la construcción de nuestra identidad y de nuestra personalidad.

A pesar de no gustarme nada el nombre, el grueso de mi orientación teórica y técnica ha permanecido siempre dentro de ese ámbito que acostumbramos a llamar las relaciones de objeto, que arranca de la escuela inglesa con Fairbairn, Winnicott, Bion, Balint, etc., y que después he ido enriqueciendo con la perspectiva vincular, intersubjetiva o más genéricamente relacional (Pichon-Rivière, Kohut,  Mitchell, Stolorow etc).

Aunque es evidente que se han producido cambios en mi forma de entender el psicoanálisis y en mi forma de ver a los pacientes y que el centro de gravedad de mi teoría y de mi técnica se ha ido desplazando desde el Edipo de mis inicios hacia un Narciso que iba ocupando el centro, no es menos cierto que hay algo que ha permanecido de forma prácticamente inmutable: mi actitud básica en psicoterapia ha sido desde mis inicios hasta el final de mi carrera profesional intentar lograr la comprensión del paciente en su propio mundo y con la significación específica, que éste tiene para él. Ese deseo de comprender en general, y en particular el deseo de comprender a los demás a través de uno, y de comprenderse a uno mismo a través de los otros, ha sido consustancial con mi identidad analítica y creo que debe de serlo con la de cualquier psicoterapeuta que se precie. Así creo yo que lo hemos tratado de transmitir en el CPM a todas las numerosas promociones que desde su fundación hemos ido formando.

Freud tuvo bastante relación con la arqueología, ya que psicoanálisis y arqueología se desarrollaron en la misma época, pero mantuvo además durante toda la vida una estrecha amistad con el arqueólogo Emanuel Löwy, con el que estudió en la Universidad de Viena; el mismo Freud fue además un coleccionista exquisito, que llenó su consultorio de objetos de la antigüedad. También financió –en compañía de Sándor Ferenczi (psicoanalista húngaro)– las excavaciones de un amateur en Duna Pentele (Hungría) y es posible que hasta soñase, contagiado por el asombro que produjo al mundo Heinrich Schliemann revelando el esplendor de Troya, ser como un “Schliemann de la mente”, que iba a excavar los vastos territorios del inconsciente, de hecho se le ha nombrado como el arqueólogo del alma, de la mente, etc.

En una conferencia sobre las causas de la histeria dictada en 1896, Sigmund Freud ofreció a su audiencia una analogía arqueológica bastante elaborada:

Imaginen que un explorador llega a una región casi desconocida que despierta su interés por las ruinas, los restos de las paredes, fragmentos de columnas y las inscripciones casi ilegibles. Se puede contentar con inspeccionar lo que está a la vista, o interrogar a los habitantes (quizás un pueblo semibárbaro) que viven en los pueblos vecinos, acerca de lo que la tradición dice del significado de estos restos arqueológicos, anotar lo que ellos responden, y después continuar su viaje. Pero también puede actuar de forma diferente. Puede traer consigo picos, palas y espátulas, y puede pedirles a los vecinos que trabajen con esos implementos. Junto a ellos puede empezar a trabajar sobre las ruinas, limpiar la basura, y descubrir aquello que está enterrado bajo la superficie. Si su trabajo es exitoso, los descubrimientos explicarán todo: las paredes arruinadas son parte de un palacio o un edificio que guardaba un tesoro; los fragmentos de columnas completan un templo; las numerosas inscripciones revelan un alfabeto y un lenguaje, y cuando son descifradas y traducidas, desvelan inimaginable información acerca de los eventos del pasado remoto, para cuya conmemoración fueron construidos los monumentos. Saxa loquuntur! (¡Las piedras hablan!).

La tan acertada analogía que establece Freud en este texto entre el trabajo arqueológico y el trabajo psicoanalítico, nos sirve para resaltar la importancia de  la relación existente entre el arqueólogo- terapeuta y los vecinos-pacientes: ¡para tener éxito en la misión hay que trabajar en estrecha unión con los pacientes con todas las herramientas a nuestro alcance!

En el año 2004 tuve la oportunidad de comprar unas tierras muy cercanas a las que había forestado con mi padre, en las que se sabía la existencia de restos de la época romana y se había descubierto mucho tiempo atrás un pequeño paño de mosaico de esa misma época. Hube de hacer un montón de gestiones, al principio con las autoridades locales, provinciales y autonómicas, y después con las nacionales. La mejor respuesta a mis demandas para conocer el valor cultural que podría tener lo que esos indicios apuntaban la tuve en el por entonces Director de Monumentos y Arqueología del Instituto del Patrimonio Histórico de España. Dimas Fernández-Galiano, que así se llamaba ese ilustre arqueólogo, movió todos los hilos necesarios para que se pusiese en marcha una campaña de excavación exploratoria en diciembre de 2005. Tengo que decir que sin su entusiasta, decidida y eficaz participación los mosaicos de Noheda nunca hubiesen visto la luz.

Mientras el profesor Fernández-Galiano hacía su trabajo por los despachos yo me dedicaba a intentar situar con la mayor exactitud posible la localización precisa en la que podría estar el mosaico. Sabíamos que estaba en una parcela de unas cinco Has conocida como Cuesta de las Herrerías pero los diferentes testimonios a los que recurrí, lo situaban en lugares muy divergentes de la misma. Durante bastante tiempo indagué sobre el terreno, fotografiándolo palmo a palmo al amanecer y en el ocaso que es cuando las sombras son más evidentes, pero también recurriendo a la fotografía aérea,  sin éxito ninguno en ambos campos, hasta que un día reparé en la gran cantidad de pequeños hoyos rodeados de montoncitos de tierra que había en el terreno y que eran producto de las galerías de los topos. Pensé que si ellos se introducían y vivían en el subsuelo, alguna información interesante sacarían de él a la superficie, de modo que me centré en buscar en los pequeños promontorios que formaban los topos. Al cabo de un tiempo encontré alguna pequeña piedrecita cuadrada, las llamadas teselas, que son la base de los mosaicos y poco después encontré varias teselas vidriadas que sabía eran signo casi seguro de que el mosaico era figurado. ¡¡Saxa loquuntur!!, las piedras hablaron para decirme que allí debajo había un mosaico figurado.  Lo de las teselas y las teselas vidriadas lo había aprendido de Dimas Fernández-Galiano en una de las visitas que realizamos al terreno.

La excavación comenzó en diciembre de 2005 y al segundo o tercer día de la misma, una vez delimitado y desbrozado el lugar donde se iba a hacer la primera cata, se hizo visible el mosaico, bueno se hizo visible para ellos porque yo, hasta que las expertas manos de los restauradores no desprendieron las duras capas de depósitos calcáreos, no veía apenas nada que no fuese una masa grisácea dividida en cuadritos. Resulta que los mosaicos, con el paso de los años, reciben sobre su superficie toda una serie de sales, fundamentalmente carbonatos, pero también nitratos y fosfatos debidos a los compuestos químicos de los abonos, que se van depositando y forman como una película, de grosor y consistencia variable, que queda adherida a su superficie y al estar tan pegada reproduce las formas que tiene debajo – los cuadraditos de las teselas – pero no deja ver ni el dibujo, ni los colores, ni la composición que tiene el mosaico. Únicamente cuando se desprende esa capa de sales es cuando se tiene acceso al verdadero espectáculo, como si se descorriese el telón de un teatro. Los expertos restauradores sabían que había espectáculo viendo el telón, yo necesité que se descorriese éste para enterarme de que allí, delante mismo de mis narices, había una obra de arte. A partir de ese preciso momento tuve conocimiento y conciencia de que las piedras hablaban y de que yo podría intentar entender sus códigos.  

Esta fase inicial de mi contacto con la arqueología me hacía recordar la importancia que tienen lo que llamamos supervisiones en nuestra profesión, pero que son también fundamentales en cualquier otra, se trata de lo imprescindible que resulta contar a tu lado con una persona con experiencia profesional y vital que siente amor a lo que hace y que te pueda ir enseñando a ver lo que en un principio y desde la inexperiencia uno es absolutamente incapaz de ver por mucho que se fije y observe. Algo que sucede en ocasiones en los procesos de formación, en los que en muchos momentos del entrenamiento el formando se encuentra completamente perdido, sumido en la desproporción existente entre su falta de conocimientos y la cantidad de ellos que se requieren para funcionar con unos mínimos de seguridad.

Antes de que terminase la primera campaña de excavación tuve la clara conciencia de que no iba a tener tiempo para dedicarme como yo quería a seguir de cerca el descubrimiento arqueológico, que ya indicaba ser de una importancia excepcional, y continuar con mis tareas cotidianas, así es que decidí, no fácilmente porque llevaba en ello treinta años, dejar de participar en los aspectos formativos del CPM.  

Afortunadamente el descubrimiento de los mosaicos siguió una marcha imparable y se fueron sucediendo los hallazgos hasta completar una sala principal de forma básicamente rectangular a la que se abrían tres exedras y una sala octogonal todas ellas adornadas con pavimento mosaico no figurado. En el interior de la sala trícora se encontraba un pequeño estanque rodeado de escenas de pesca y acuáticas, mientras que el resto de la sala tenía un pavimento mosaico figurado formado por cinco escenas muy bien definidas, dos de ellas dedicadas a lo que parecen ser representaciones teatrales y en las otras tres aparecen un triunfo de Baco, el mito de Paris y Helena, y el mito de Pelops e Hipodamia. En total 300 m2 de pavimento mosaico en unas estupendas condiciones de conservación.

Si el lenguaje de los síntomas me sirvió para adentrarme en el inconsciente individual y desde él entender la historia personal de los pacientes, el lenguaje de las piedras me iba a ayudar  mucho para penetrar en el inconsciente colectivo y desde él tratar de entender algo de la historia de la humanidad. Sabemos bien que Jung distingue entre un inconsciente colectivo, que todos compartimos, el cual está formado por los recuerdos innatos más la experiencia histórica heredada de los antepasados; y un inconsciente personal, que es el producto siempre cambiante de la experiencia individual, que comienza desde la propia vida intrauterina. En este sentido, los mitos son y han sido fundamentales para entender la historia de la humanidad, pero también desde Freud nos resultan de utilidad para entender el inconsciente personal.

Para Jung la diosa madre, en tanto origen sobrenatural del mundo, es un concepto innato de la mente humana que se refuerza después del nacimiento por la necesidad que tiene el bebé de alimento, consuelo y seguridad, cuya fuente es ella y de la que depende en esos cruciales aspectos. A partir de ahí los actos o las omisiones más nimias de la madre adquieren una enorme trascendencia para el bebé, que va dividiendo a su madre en una “madre buena”, cuando siente que lo trata de una forma atenta y protectora, y una “mala madre” si siente que lo frustra, amenaza o castiga. Paulatinamente las dos madres se van integrando y en la medida en que el niño se va desarrollando normalmente, la figura de la madre se va convirtiendo en un ser ambivalente e individual que combina tanto las condiciones beneficiosas como las perjudiciales. Este proceso de pasar de la fase esquizoparanoide a la fase depresiva del desarrollo humano, tan magistralmente descrito por Melanie Klein, sabemos bien lo complicado que puede resultar.

Ese proceso emocional y psicológico de la infancia humana tiene su reflejo en los relatos míticos de los orígenes del mundo, que se inicia con un caos primigenio descrito como la totalidad de las fuerzas potenciales, cuyo símbolo más extendido es el Uroboros, una serpiente o “dragón antiguo” que se muerde la cola y que simbolizó en Egipto y Mesopotamia el carácter cíclico e interminable del tiempo, y luego fue un atributo muy peculiar en la iconografía de Saturno. En el uroboros se crea un círculo  ininterrumpido (de ahí lo de salir algo “redondo”), en el que no existe la interrupción ni la falta. La boca y la cola de la serpiente pueden representar los labios y el pezón de la satisfacción oral, o la vagina y el falo de la satisfacción sexual, pero en cualquier caso representan el perfecto acoplamiento, aunque sin salir de uno mismo. Es la representación de la autocomplacencia  y de la autosuficiencia, de lo que en psicología conocemos como etapa del narcisismo y del autoerotismo.

Posteriormente, de esa totalidad narcisista primigenia van surgiendo entidades que la mente humana va clasificando como buenas y como malas. La mente que mitologiza, va construyendo imágenes de madres buenas (con forma de diosas en la antigüedad, con forma de Virgen en la actualidad) y de madres malas  (las gorgonas de la antigüedad con sus erizados cabellos de serpientes y su mirada petrificante, las brujas y madrastras de los cuentos infantiles en la actualidad). Así sucede en el cuento de Blancanieves en el que se muestran los símbolos absolutos del bien (Blancanieves la linda doncella de buen corazón) y los del mal (la bruja fea y perversa, la envidiosa madrastra).

Por cierto que en el cuento de Blancanieves  aparece la manzana, que también aparece, en este caso dorada, en el juicio de Paris del mosaico de Noheda y es también la fruta que Eva arranca del árbol del bien y del mal. La manzana puede ser un buen símbolo para representar el problema entre lo aparente y lo real al que me refería al principio. Así la manzana del paraíso terrenal, la del árbol del bien y del mal, se nos presenta como una manzana atractiva pero muy peligrosa que, según se nos dice,  no debemos morder si no queremos caer en una serie de maldiciones. Tentación y la amenaza de caer en ella. La realidad es que, aunque nos hayan venido diciendo desde siempre lo contrario, debemos morderla si queremos llegar al conocimiento, a pesar de que eso nos haga perder supuestas seguridades ligadas a figuras paternas o deíficas que nos van a amparar en nuestra ignorancia. La manzana del cuento de Blancanieves muestra sólo el atractivo sin dar cuenta del peligro que encierra: el atractivo de lo superficial se nos presenta con ese rojizo, agradable y apetitoso aspecto. Pero mucho ojo con la manzana de Blancanieves, porque dentro de ella, en su núcleo se esconde el veneno que mata a quien la come. Lo viral, como la manzana de Blancanieves, es presentado en nuestros tiempos como el colmo del éxito porque ha suscitado la mirada de mucha gente, pero ojo con lo viral porque es también la palabra como conocemos a lo infecto, lo colonizado por un virus que dificulta enormemente, e incluso impide nuestro propio desarrollo. Así que resulta muy conveniente no deslumbrarse con el aspecto, la superficie y la apariencia de las cosas, y tratar de estar muy atentos al interior, al núcleo de las mismas. Un asunto o materia compleja no debe ser tratado de una forma simple, o de manera que nos quedemos en la superficie de la misma.

Es complejo interpretar una obra de arte, como es complejo interpretar un ser humano y debemos enfrentar ambas tareas desde su complejidad. En el caso de Noheda, conocer bien las figuras y los mitos que aparecen en el mosaico, es una tarea necesaria, pero no suficiente para averiguar lo que subyace tras las imágenes, pues sabemos que el artista que plasma un determinado acontecimiento, al hacerlo, no sólo reproduce unas figuras, sino que nos están representando también diferentes ámbitos de significación. Resulta bastante fácil apreciar que la mayoría de los mosaicos de esta villa hace uso del filón inagotable que suministra la mitología, pero puede resultar bastante más complejo llegar a determinar el hecho de por qué se escogieron precisamente esas escenas mitológicas: si lo fueron en función de la actividad llevada a cabo en la villa, o bien de la significación que tenían para sus autores y usuarios, o por el tipo de actividades, ya fueran de tipo cultural, espiritual o religioso que se desarrollaron en estas mansiones, como piensa Dimas Fernández-Galiano.

En el caso de los pacientes, de las personas, sucede algo similar: conocer bien sus síntomas o dificultades, es algo necesario, pero no suficiente para entenderlas, debemos saber también cómo, por qué y para qué se han formado esos síntomas o rasgos de personalidad, qué sentido tienen, qué conflicto expresan, a quién benefician, qué significado tienen las dificultades en los individuos que las sufren.

Freud, que como ya vimos anteriormente, tuvo mucha relación con la arqueología pero nunca participó en una excavación arqueológica, comparaba a psicoanalistas y arqueólogos porque ambos trabajaban con el olvido. Al haber tenido la fortuna de trabajar de forma continuada en los campos de la psicoterapia y de la arqueología, me he sentido autorizado a comparar el trabajo de los arqueólogos con el trabajo psicológico que desarrollamos los psicoterapeutas con nuestros pacientes. Entre las muchas similitudes que encuentro entre ambos trabajos figuran la cantidad de tiempo que debemos de invertir para conseguir alcanzar pequeños resultados, pero también la enorme satisfacción que sentimos cuando logramos descubrimientos significativos, o que se establezcan relaciones entre las cosas, o que estas vayan encontrando sentido, o que, finalmente, logremos cambios importantes.  La paciencia, constancia y tesón con que tenemos que batallar para descubrir cada palmo de experiencia genuina, junto a lo delicada y trabajosa que resulta la deconstrucción de ese fondo de nosotros mismos al que tanto suele costar llegar, es otra característica común a ambas profesiones. En nuestro caso el trabajo terapéutico requiere de la desagregación de concreciones, esas defensas psicológicas que se formaron para impedir que se conociese con claridad el verdadero fondo de la cuestión (el verdadero yo, el self auténtico, la dimensión real de la experiencia traumática de las vivencias). Pues, si los arqueólogos deben de remover y levantar toda una serie de capas que se han depositado sobre los restos originales, los psicoterapeutas también debemos de hacerlo con las defensas psicológicas y resistencias que se han ido formando sobre la penosa experiencia original.        

Nos asemejamos ambas profesiones en el gran cuidado con el que debemos de efectuar nuestra labor, así como por la continua, constante y reiterativa labor de limpieza y observación que nos permita situar adecuadamente los restos, ya que el que aparezcan próximos, no siempre quiere decir que pertenezcan a la misma época, pues en muchos lugares se funden – y nos pueden confundir – restos correspondientes a distintas etapas, ya sea de la historia personal o de la historia de la humanidad.

Leía hace poco a Manuel Vicent “vivimos ahora tiempos de azar, entre la violencia y la banalidad..….Ya no existen maestros a los que seguir ni valores sólidos a los que agarrarse y puesto que vale todo pero nada es firme, en esta travesía confusa la salvación es ya una cuestión fiada a la imaginación de cada navegante”. La imaginación del navegante es un componente fundamental de las buenas travesías, pero si estas carecen de norte, resultan confusas y sólo se espera la salvación del naufragio, sirve sólo para subsistir, para sobrevivir. Para vivir, para llevar a cabo un desarrollo armónico, ya sea en el terreno de lo personal o de lo institucional es necesario tener esperanza e ilusión.

En El porvenir de una ilusión (Die Zukunft einer Illusion), libro escrito en 1927 describe Freud su interpretación sobre los orígenes, desarrollo y psicoanálisis de la religión,  a la que veía como un falso sistema de creencias y también escribía sobre lo que consideraba iba a ser su futuro. Desconozco cual  será el porvenir de los dos procesos de los que les he hablado, en los que he estado inmerso tantos años, pero si que estoy seguro de que para que sigan su desarrollo de una manera satisfactoria es imprescindible la ilusión. Dice Gustavo Martín Garzo sobre la ilusión que es una palabra que en las lenguas románicas aparece con un significado negativo asociado a la ficción y al engaño. Así, llamamos iluso, a alguien que tiene esperanzas infundadas, ilusionista a un vendedor de humo e ilusorio a lo que no existe en la realidad, pero estar ilusionado o tener ilusiones no necesariamente es refugiarse en quimeras, también es vivir sin conformarse con lo dado, buscando y queriendo otras cosas y luchando por ellas con la expectativa de que las podemos conseguir. Este significado de ilusión como una alianza entre fantasía y razón es la que considero necesaria para seguir llevando adelante los dos procesos complejos a los que me vengo refiriendo. En su famosa glosa al capricho 43, El sueño de la razón, explica Goya: “La fantasía, abandonada de la razón, produce monstruos imposibles; unida con ella, es madre de las artes y origen de sus maravillas”.

Me permito finalmente recordar que para llevar a cabo  proyectos complejos, y tanto al Centro Psicoanalítico como al yacimiento romano de Noheda ya he dicho que los considero como tales,  es imprescindible dedicarse infatigablemente a ellos ya sea trabajando para avanzar por los caminos previamente abiertos, desbrozándolos, mejorándolos, haciéndolos más fáciles, transitables  o comprensibles para los demás hombres, o bien abriendo vías nuevas. Para esta ardua tarea quiero entregar el testigo a los continuadores con un deseo y una petición, que coincide con lo que Diógenes Laertios describía como características de Teofrastos:

…que sean muy inteligentes y estudiosos, dotados de una masa de conocimientos prodigiosamente vasta, de particular finura de espíritu, de buen sentido y de gusto natural por el orden y la claridad.

              Muchas gracias y buena travesía.